Historia de un club que aprendió a ganar sin dejar de mirar al balón
Hay clubes que se cuentan con cifras y hay clubes que se cuentan con recuerdos. El AC Milan pertenece al segundo grupo. Su historia no es lineal ni cómoda: está llena de rupturas, reinvenciones y contradicciones. Ha sido elegante y pragmático, revolucionario y conservador, europeo antes que italiano y profundamente milanés al mismo tiempo. El Milan no solo ha ganado: ha enseñado, ha caído, ha vuelto. Y en ese viaje ha dejado una huella que va mucho más allá del palmarés.
Un club inglés en una ciudad italiana
El AC Milan nace el 16 de diciembre de 1899 en una ciudad que empieza a pensarse como metrópoli. Milán no es Roma ni Turín: es industria, comercio, modernidad. No es casual que el club lo funden dos ingleses, Alfred Edwards y Herbert Kilpin, que traen consigo algo más que un deporte: traen una cultura.
El nombre del club —Milan, sin italianizar— no es un detalle menor. Marca una vocación internacional desde el origen. El fútbol llega a Italia desde fuera y el Milan decide no ocultarlo. Decide abrazarlo.
Kilpin también elige los colores: rojo y negro. El rojo como símbolo del fuego, de la pasión competitiva. El negro como el miedo, como la intimidación. No hay romanticismo naïf en esa elección: hay ambición. El Diavolo nace como identidad, no como mascota.
Desde el principio, el Milan se concibe como un club que quiere mandar, no acompañar.
Primeras décadas: aprender a existir antes de aprender a ganar
El Milan gana pronto. Muy pronto. Campeón en 1901, 1906 y 1907. Pero el éxito inicial no trae estabilidad. El fútbol italiano aún es frágil, dividido, amateur. En 1908, una escisión interna da lugar al Inter, el primer gran trauma identitario del club. El motivo: la voluntad de los socios de aceptar no solo a jugadores italianos o ingleses sino también a otros extranjeros, mayoritariamente suizos.
Las décadas siguientes son irregulares. El Milan sobrevive entre guerras, reformas de la competición y un país que se redefine constantemente. Mientras otros clubes se refugian en el orden, el Milan busca algo que todavía no sabe nombrar: una identidad futbolística.
Durante los años 30 y 40, el club existe más de lo que vive. Compite, resiste, pero no domina. La Segunda Guerra Mundial lo detiene todo. Cuando el fútbol regresa, también lo hace la necesidad de empezar de nuevo.
Gre-No-Li: cuando Suecia enseñó a Italia a pensar el juego
La gran transformación llega en los años 50. El Milan se abre internacionalmente y ficha a los suecos Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedholm. No es solo una apuesta deportiva: es una apuesta cultural.
Italia es un país herido, defensivo, desconfiado. El calcio se basa en destruir antes que en crear. El Gre-No-Li llega para romper ese molde.
Gunnar Nordahl: el gol como violencia legítima
Nordahl es un delantero brutal. Fuerte, directo, incansable. No regatea: avanza. No duda: remata. Marca goles como si fuera una obligación moral. Gana cinco veces el título de máximo goleador y se convierte en un mito inmediato.
En un fútbol de cerrojos, Nordahl es una apisonadora. Con 210 goles en 257 partidos, sigue siendo el máximo goleador histórico del Milan en la Serie A.
Gunnar Gren: el arquitecto invisible
Gren es el equilibrio. El que hace que todo funcione. Inteligente, solidario, tácticamente avanzado. No necesita focos. Necesita el balón. Es el que permite que Nordahl y Liedholm brillen.
Nils Liedholm: la pausa como revolución
Liedholm es otra cosa. Técnica exquisita, visión, tempo. Juega como si el partido ocurriera dentro de su cabeza antes que en el campo. En Italia, su forma de jugar es casi provocadora.
Una herencia que va más allá de los títulos
El Gre-No-Li gana cuatro ligas. Pero su legado es más profundo:
-Introduce el juego combinativo.
-Cambia la relación del calcio con el extranjero.
-Convierte al Milan en el primer club verdaderamente europeo de Italia.
El Milan deja de adaptarse al fútbol italiano. Empieza a transformarlo.
El Milan y Europa: una ambición inevitable
La creación de la Copa de Europa no sorprende al Milan. Es el escenario natural para un club que ya piensa más allá de sus fronteras. Las primeras participaciones son de aprendizaje, pero también de afirmación: el Milan pertenece a ese lugar.
1963: Wembley y el día que Italia se sintió moderna
En la octava edición de la Copa de Europa, el Milan salió por fin campeón. Los rossoneri llegaron a la gran final sin demasiadas complicaciones, venciendo a US Luxemburgo, Ipswich Town, Galatasaray y Dundee FC. En la final de Wembley esperaba el Benfica de Eusebio, finalista por tercera vez consecutiva.
La final de 1963 no es solo un partido. Es un símbolo. El Milan se enfrenta al Benfica del astro Eusébio. Representa orden, inteligencia, paciencia.
El Benfica marca primero. El Milan no se rompe. Altafini marca dos goles y el club se convierte en el primer campeón de Europa italiano.
Entre grandes jugadores como Cesare Maldini, José Altafini y Giovanni Trapattoni, destaca un futbolista moderno e inteligente: Gianni Rivera.
Rivera pensaba más rápido que el rival. Gianni Rivera es el Milan. Debuta joven y se queda siempre. No es un futbolista físico ni rápido. Es cerebral. Ve líneas donde otros ven obstáculos.
En una Italia que prioriza el músculo, Rivera defiende la mente. Gana el Balón de Oro en 1969, un premio que parece casi un acto de resistencia cultural. Rivera demuestra que el Milan no renuncia a la belleza ni siquiera cuando gana.
1969: el Milan ya no pide permiso
El Milan de Nereo Rocco llega al Bernabéu tras eliminar a grandes de la época como Malmö y Celtic, y en la final arrolla al Ajax por 4-1. Pierino Prati marca tres goles. Rivera dirige. El resultado es contundente, pero el mensaje lo es aún más: el Milan es una potencia consolidada.
Europa ya no lo mira con curiosidad. Lo mira con respeto.
Nereo Rocco: el orden como forma de libertad
Hablar de Rocco es hablar de uno de los grandes malentendidos del fútbol europeo. Su nombre suele aparecer ligado al catenaccio como sinónimo de cerrojo, miedo o renuncia. Pero Rocco no fue conservador por cobardía: creía que el fútbol debía empezar por la organización, porque solo desde el orden podía aparecer la creatividad.
Su catenaccio era más humano que dogmático: defensa férrea, líbero, marcajes individuales, solidaridad extrema, pero no negaba el ataque; lo administraba. Protegía al talento, liberaba al genio.
Rocco era líder cercano, directo e irónico. Cada jugador sabía qué debía hacer. Colectivo antes que individualidades, sin borrar virtudes personales.
Los éxitos continentales: el triunfo del pragmatismo:
El mayor logro de Rocco llegó en 1963, cuando condujo al Milan a la primera Copa de Europa de su historia y, además, a la primera para un club italiano. La confirmación continental se produjo en 1969 levantando la segunda orejona, pero es que a su palmarés sumó las Recopas de 1968 y 1973, la Copa Intercontinental de 1969 conquistada en un duro encuentro contra Estudiantes de la Plata (posiblemente el partido más violento de la historia del fútbol) y los 5 éxitos nacionales (2 scudettos y 3 Copas de Italia).
Nereo Rocco no dejó una escuela estética, pero sí una enseñanza profunda: el fútbol no es solo talento ni solo sistema, sino equilibrio entre ambos. Su Milan demostró que se podía ganar Europa sin renunciar a la identidad, que el pragmatismo no estaba reñido con la inteligencia y que el orden, bien entendido, también podía ser una forma de belleza.
La caída: cuando la historia pesa
Los años 70 y 80 fueron una travesía dolorosa. Escándalos, mala gestión, descensos. El Totonero envía al Milan a Serie B dos veces. San Siro sigue ahí, pero el miedo ha cambiado de bando. El Milan ya no impone: sobrevive. Es una época de vergüenza silenciosa.