En Montevideo, el fútbol no empieza necesariamente en un estadio. Empieza en la calle, en un campito, en una cancha de baldosas, en cualquier lugar donde aparezca una pelota. Es una ciudad donde el fútbol forma parte del paisaje y donde los niños aprenden a jugar antes incluso de saber que algún día pueden convertirse en futbolistas.
Fernando Morena creció así, entre Punta Gorda y Punta Carretas, jugando a la pelota donde podía. Su padre trabajaba de cocinero en el Club de Golf y, durante su infancia, uno de sus escenarios habituales era un terreno de baldosas del club de básquetbol El Faro, al que con el tiempo colocaron unas porterías. No tenía una familia futbolera detrás ni un padre que le hubiera transmitido una herencia aurinegra. Su padre, según recordaría años después, «lo único que sabía era trabajar». Y, curiosamente, de niño incluso era hincha de Nacional.
A los quince años, un compañero del colegio, Jorge Siviero, lo llevó a Racing. Jugó cuatro partidos y hasta fue expulsado contra Peñarol. Al año siguiente apareció River Plate de Montevideo. Allí ocurrió algo que terminaría siendo una constante en su carrera: alguien vio algo que los demás todavía no veían. Morena tenía dieciséis años cuando el entrenador de River, Juan Carlos Ranzone, pidió que lo subieran al primer equipo. Los veteranos que acababan de conseguir el ascenso eran sus ídolos, pero él era apenas un adolescente. Sin embargo, aquellos jugadores mayores lo trataron como a un compañero. Empezaba entonces una carrera que acabaría convirtiéndolo en uno de los grandes delanteros de la historia del fútbol uruguayo.
Morena no era el típico delantero que necesitaba cuarenta metros para correr. Su fútbol tenía mucho más que ver con la intuición. Sabía dónde iba a caer la pelota antes que los demás, sabía separarse del defensa en el instante justo, aparecer en el espacio libre y perfilarse para rematar. Era zurdo, técnico y potente a la vez, tenía un disparo seco y preciso y mantenía una relación casi obsesiva con el gol. No necesitaba participar constantemente en la construcción del juego para dominar un partido. Podía pasar largos minutos aparentemente desaparecido y, de repente, aparecer donde tenía que aparecer. Un rebote, un centro, un balón dividido, un movimiento a la espalda del central, una pelota suelta dentro del área: Morena estaba allí. Y cuando estaba allí, normalmente terminaba en gol.
Él mismo explicaría años después que aquella capacidad no consistía únicamente en esperar el pase perfecto. Había que estar atento a los rebotes, confiar en los compañeros que podían preparar una jugada y, sobre todo, no venirse abajo después de fallar. Su padre se lo había enseñado desde pequeño: un delantero podía fallar uno y marcar dos después. Esa mentalidad acabó convirtiéndose en una de sus señas de identidad.
Peñarol
En 1973, con 21 años, llegó el momento que cambió su vida. Peñarol lo quería como nueve y Nacional también estaba interesado, pero allí le ofrecían jugar de extremo izquierdo. La decisión, vista con perspectiva, parece casi escrita de antemano: Morena eligió Peñarol.
El primer encuentro con su nuevo club tuvo algo de película. Peñarol estaba en Brasil disputando la Copa del Atlántico. Morena viajó después de firmar y llegó de noche al aeropuerto. Estaba todo oscuro. De repente se encendieron las luces y allí estaba todo el plantel de Peñarol esperándolo. Roberto Matosas encabezaba la comitiva. Morena se sintió inmediatamente integrado. Algunos de sus nuevos compañeros ya habían compartido vestuario con él en la selección y aquella noche comenzó una relación que terminaría convirtiéndose en una de las más importantes entre un futbolista y un club uruguayo.
Lo que vino después fue una barbaridad. Entre 1973 y 1979, Morena se convirtió en el delantero alrededor del cual giraba el ataque de Peñarol. Ganó los campeonatos uruguayos de 1973, 1974 y 1975 y se convirtió en el máximo goleador del torneo durante seis temporadas consecutivas. En 1975 hizo 34 goles y tres años después decidió superarse a sí mismo.
El Peñarol de 1978 era un equipo magnífico. Dino Sani había construido un conjunto que mezclaba veteranía y juventud, con jugadores como Ildo Maneiro, Rubén Paz y Venancio Ramos alrededor de Morena. El equipo jugaba habitualmente con un 4-3-3. Paz y Ramos aportaban velocidad por las bandas, Maneiro ponía el fútbol y en el centro estaba Morena. Aquel año Peñarol ganó el campeonato invicto, con 17 victorias y cinco empates en 22 partidos, y marcó 70 goles. Morena hizo 36.
El 16 de julio de 1978, Peñarol recibió a Huracán Buceo. El partido terminó 7-0 y los siete goles los marcó el mismo hombre. Siete goles en un solo partido. En el minuto 90 todavía tuvo la posibilidad de marcar el octavo de penal, pero el guardameta se lo detuvo. La prensa uruguaya encontró un titular a la altura de la barbaridad: Y al séptimo, descansó. Unas semanas después, ante Rentistas, cerró el campeonato con otros dos goles y llevó su récord hasta los 36 tantos en 21 partidos jugados. Aquella marca sigue siendo el récord del Campeonato Uruguayo.
Peñarol jugaba sabiendo que Morena iba a marcar goles. Y eso mejora la relación entre un delantero y un equipo.
A esas alturas, Europa ya lo había descubierto. En 1975, durante una gira de Peñarol por España, el Real Madrid se interesó seriamente por él. Llegó incluso a existir una operación por unos 650.000 dólares, pero Peñarol dijo que no. Morena se quedó en Montevideo.
Aquella decisión, que entonces podía parecer una oportunidad perdida, terminó siendo fundamental para su historia, porque Morena siguió acumulando goles, títulos y prestigio hasta convertirse en un jugador demasiado importante para que Peñarol quisiera desprenderse de él. Hasta que llegó 1979 y apareció el Rayo Vallecano.
El Rayo no era un paso atrás
En España podía haber terminado en un grande, pero no fue así. El Rayo Vallecano pagó alrededor de 42 millones de pesetas a Peñarol por su fichaje. Morena sabía perfectamente que no llegaba a uno de los gigantes del fútbol español, pero también sabía lo que quería. «Fichar por el Rayo no es un paso atrás», explicó entonces.
El entrenador, Héctor Núñez, resultó determinante para convencerlo. Morena veía el Rayo como una puerta de entrada al fútbol español y como una oportunidad para demostrar que sus goles no eran únicamente producto del fútbol uruguayo. Primero Rayo; después, ya veremos.
Y funcionó. En Vallecas marcó 21 goles en Liga. El Rayo empezó a llenar las gradas gracias en buena parte a aquel delantero uruguayo que llegaba desde Peñarol y que convertía cada partido en una amenaza constante para el rival. En diciembre de 1979, el Rayo visitó Mestalla y Morena marcó. Era su gol número 500 contando toda su trayectoria futbolística, y los medios uruguayos habían enviado periodistas a Valencia para cubrirlo. Sin saberlo, aquella tarde estaba marcando también el camino hacia su siguiente club.
Valencia
El Valencia no tardó demasiado en llamar. En junio de 1980 se cerró el traspaso. La operación rondó los 60 millones de pesetas después de que el Rayo lo hubiera comprado apenas un año antes. Atlético de Madrid, Betis y Sporting también mostraron interés, pero finalmente fue el Valencia quien se llevó al delantero.
En Mestalla volvió a demostrar que el cambio de país no había cambiado su especialidad. Marcó 16 goles en Liga y añadió uno de los goles más importantes de su carrera europea: el que dio al Valencia la Supercopa de Europa de 1980 frente al Nottingham Forest.
Habían pasado apenas dos años desde aquella noche en el aeropuerto brasileño en la que sus compañeros de Peñarol lo recibieron con las luces apagadas. Ahora estaba levantando títulos en Europa. Pero el verdadero desenlace de su historia todavía estaba en Montevideo.
«A Morena lo traemos todos»
Peñarol lo necesitaba. El club atravesaba dificultades económicas y recuperar a Morena parecía una locura. Pero alguien tuvo una idea que hoy resulta casi imposible de imaginar: que los propios hinchas ayudaran a pagar el regreso del ídolo.
Nació el operativo «A Morena lo traemos todos». Los aficionados aportaron dinero para recuperar al futbolista que había estado marcando goles en Europa. El propio Morena reconocería años después que aquello le sorprendió profundamente. No era simplemente un fichaje. Era una demostración de hasta dónde podía llegar la relación entre Peñarol y uno de sus futbolistas.
En 1981 volvió.
Y entonces sucedió algo que parece escrito para cerrar una película.
El último gran Peñarol de Morena
En 1982, Peñarol ganó la Copa Libertadores. Morena marcó siete goles en el torneo, siendo su máximo goleador, y volvió a demostrar que el delantero que había dominado el fútbol uruguayo seguía teniendo algo que decir en los grandes escenarios sudamericanos.
La final ante Cobreloa tuvo que decidirse en Santiago. Peñarol ganó. Morena apenas tocó un balón, pero fue gol, en el último minuto.
Y quedó una última estación: Tokio.
El 12 de diciembre de 1982, Peñarol se enfrentó al Aston Villa por la Copa Intercontinental. Esta vez Morena no marcó. No hizo falta. Peñarol ganó 2-0 y se proclamó campeón del mundo.
El delantero que había salido de las calles y campitos de Montevideo, que había jugado en River, que había rechazado al Real Madrid sin quererlo, que había pasado por Vallecas y Mestalla, acababa de cerrar uno de los capítulos más importantes de la historia de Peñarol.
Todavía jugaría un tiempo más, pero aquella era, en realidad, la culminación. Morena siempre insistía en una idea cuando hablaba de su carrera: él nunca entendía el fútbol como algo individual. En Peñarol podía ser la estrella, el goleador, el jugador que llenaba estadios, pero hablaba de compañeros, de entrenamientos, de los que daban el pase, de los que recuperaban la pelota.
Quizá por eso su figura ha sobrevivido a sus números. Porque los números explican que Fernando Morena marcó una cantidad extraordinaria de goles. Explican los 36 de 1978, los siete contra Huracán Buceo, los 37 en la Copa Libertadores. Explican que fue campeón en Uruguay, en Europa y campeón del mundo.
Pero no explican lo que significaba para Peñarol.
Para eso hay que volver a aquella noche en Brasil. Un aeropuerto oscuro, un joven de 21 años y las luces encendiéndose mientras todo el plantel de Peñarol esperaba al nuevo nueve.
Fernando Morena había llegado a Peñarol.
Y Peñarol acababa de encontrar a su leyenda.