Sándor Kocsis, la Cabeza de Oro que encontró una segunda vida en Barcelona
Cuando Sándor Kocsis llegó a Barcelona en 1958 tenía 28 años y ya era una estrella mundial. Había sido campeón olímpico, máximo goleador del Mundial de 1954 y uno de los delanteros de aquella Hungría que durante unos años pareció jugar a otro deporte. Pero su llegada al Barça no fue la de un futbolista que buscaba simplemente cambiar de club. Kocsis había abandonado su país dos años antes y empezaba una nueva vida lejos de Budapest.
Había nacido allí el 21 de septiembre de 1929, en una Hungría que todavía vivía bajo el régimen autoritario de Miklós Horthy. Su infancia estuvo marcada por la crisis económica, el nacionalismo y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial. Cuando terminó el conflicto, Hungría quedó dentro de la órbita soviética y los comunistas fueron tomando progresivamente el control del país.
Kocsis se hizo futbolista precisamente durante aquella transformación. Empezó en el Ferencváros y en 1950 llegó al Kispest, que poco después sería convertido en el Budapest Honvéd, el equipo del Ejército. Allí se reunió una concentración de talento difícilmente repetible: Ferenc Puskás, József Bozsik, Zoltán Czibor, Gyula Grosics y el propio Kocsis.
El régimen comunista entendió pronto que aquellos futbolistas eran una magnífica herramienta propagandística. La selección húngara podía convertirse en el escaparate deportivo de la nueva Hungría. Y, además, jugaba de una manera revolucionaria.
El seleccionador Gusztáv Sebes construyó un equipo en el que las posiciones eran mucho menos rígidas que en el fútbol de la época. Nándor Hidegkuti abandonaba la posición de delantero centro, Puskás aparecía por todas partes y Bozsik dirigía el juego desde el centro del campo. Kocsis era el hombre que llegaba al área para terminar las jugadas de aquel equipo impregnado de socialismo deportivo..
Era un delantero extraordinariamente completo, pero tenía una especialidad que acabaría convirtiéndose en su firma: el remate de cabeza. Sabía colocarse, medir el salto y atacar el balón en el momento exacto. De ahí su famoso apodo: la Cabeza de Oro.
Con Hungría disputó 68 partidos y marcó 75 goles, una auténtica barbaridad. Ganó el oro olímpico en Helsinki en 1952 y fue protagonista de las dos históricas victorias contra Inglaterra: el 3-6 de Wembley en 1953 y el 1-7 de Budapest en 1954.
El Mundial de 1954
El Mundial de Suiza debía ser la culminación de aquella generación.
Kocsis empezó marcando tres goles a Corea del Sur y cuatro a Alemania Federal. Después hizo dos a Brasil y otros dos a Uruguay. Once goles en cinco partidos, una cifra que le convirtió en máximo goleador del torneo.
Hungría llegó a la final contra Alemania Federal.
El 4 de julio de 1954, en Berna, los magiares se pusieron 2-0 por delante. Parecía que el Mundial iba a terminar como todos esperaban. Pero Alemania remontó y ganó 3-2.
Kocsis se marchó de Suiza con once goles y una medalla de plata.
Lo que no podía imaginar era que aquel estadio de Berna volvería a aparecer en su vida.
1956: cuando el fútbol dejó de ser solamente fútbol
Dos años después, Hungría vivió un acontecimiento que cambiaría la vida de Kocsis.
En octubre de 1956 comenzó una revolución contra el régimen comunista y la influencia soviética. Durante unos días, el país pareció recuperar una libertad que llevaba años reclamando. La Unión Soviética respondió enviando tropas y la revolución fue aplastada.
Kocsis estaba fuera de Hungría con el Honvéd, disputando la Copa de Europa. El equipo se encontraba en España cuando la situación política se volvió irreversible.
Algunos jugadores regresaron.
Otros decidieron quedarse en el extranjero.
Kocsis fue uno de ellos, junto a Puskás y Czibor. El hombre que había sido una de las caras de la Hungría comunista se convirtió de repente en un exiliado. El propio Barcelona recuerda que Kocsis huyó del país después de la intervención soviética y que llegó al club en 1958 procedente del Young Fellows suizo.
Tenía 28 años.
Y empezaba de nuevo.
Barcelona
El Barça fichó a Kocsis y Czibor en 1958. En Barcelona ya estaba otro húngaro que había tenido que abandonar su país años antes: Ladislao Kubala.
La ciudad que encontraron tampoco era la Barcelona cosmopolita que conocemos hoy.
España llevaba casi veinte años bajo la dictadura franquista. La Guerra Civil había dejado una sociedad profundamente marcada y la represión política y cultural seguía presente. Al mismo tiempo, Barcelona estaba creciendo rápidamente gracias a la industrialización y a la llegada de centenares de miles de inmigrantes procedentes de otras partes de España.
Y el Barça también estaba creciendo.
El Camp Nou acababa de inaugurarse en 1957 y el club comenzaba a adquirir una dimensión social cada vez mayor. En aquellos años aumentó enormemente el número de socios y el estadio se convirtió en uno de los grandes espacios colectivos de la ciudad.
Kocsis llegó justo en ese momento.
Y futbolísticamente, el impacto fue inmediato.
En su primera temporada, 1958-59, ganó Liga y Copa. En la siguiente volvió a conquistar la Liga y añadió la Copa de Ferias. Durante ocho temporadas formó parte de aquel Barça junto a Kubala, Czibor, Luis Suárez, Evaristo y otros grandes futbolistas.
El Barcelona contabiliza 240 partidos y 164 goles de Kocsis con el primer equipo, además de dos Ligas, dos Copas de España y dos Copas de Ferias.
Pero el destino todavía le tenía preparada una última coincidencia con Berna.
En 1961, el Barça alcanzó la final de la Copa de Europa contra el Benfica.
Se jugaba en el Wankdorf.
El mismo estadio donde Kocsis había perdido el Mundial siete años antes.
El Barcelona perdió 3-2. Kocsis marcó uno de los goles y Czibor el otro, pero la Copa de Europa se escapó en una final recordada por la cantidad de balones que enviaron al poste los atacantes azulgranas.
Dos grandes finales perdidas.
El mismo resultado y el mismo escenario.
Kocsis continuó en el Barça hasta 1966 y, dos años después, el club le organizó un partido homenaje contra el Hamburgo.
Para entonces Barcelona ya era su ciudad.
Los últimos años
Después de retirarse, Kocsis siguió viviendo en Barcelona. Trabajó en diferentes actividades relacionadas con el fútbol y llegó a regentar un bar de copas.
Pero sus últimos años fueron difíciles. Su salud se deterioró gravemente y sufrió una enfermedad que los médicos consideraban incurable. En 1979 ingresó en la Clínica Quirón de Barcelona, aquejado de fuertes dolores de estómago. Había sido operado unos años antes y también había viajado a Hungría para consultar a especialistas.
El 22 de julio de 1979, con 49 años, cayó desde la ventana de su habitación, situada en la cuarta planta de la clínica, y murió.
Durante años se ha afirmado que Kocsis se suicidó. Sin embargo, las informaciones publicadas inmediatamente después de su muerte fueron mucho más prudentes. El País explicaba que se desconocían exactamente las circunstancias y que se había especulado con el suicidio debido a la gravedad de su enfermedad aunque no puede afirmarse como un hecho demostrado. Igualmente fue un drama.
Fue enterrado en Barcelona. Sus antiguos compañeros acudieron al funeral y Kocsis quedó durante décadas en el cementerio de Montjuïc.
En 2012, sin embargo, regresó a Budapest.
Sus restos fueron trasladados a la Basílica de San Esteban el 21 de septiembre, el día en que habría cumplido 83 años. Allí volvió a descansar junto a algunos de los grandes nombres de la historia del fútbol húngaro.
Y así terminó una historia que empezó en la Budapest de entreguerras y pasó por una guerra mundial, el comunismo, una revolución, el exilio y la Barcelona del franquismo.
Kocsis fue campeón olímpico, máximo goleador de un Mundial, subcampeón del mundo y uno de los grandes delanteros europeos de los cincuenta. En Barcelona ganó seis títulos y marcó 164 goles.
Pero su historia es algo más que sus estadísticas.
Fue uno de aquellos futbolistas a los que la política obligó a cambiar de país. Y Barcelona acabó convirtiéndose en el lugar donde pudo reconstruir su vida.
Llegó como un exiliado húngaro de 28 años.
Se marchó del fútbol como una leyenda del Barça.
Y durante todos aquellos años, cuando el balón se elevaba hacia el área, seguía ocurriendo lo mismo:
Kocsis sabía exactamente dónde iba a caer.
La Cabeza de Oro.