Hubo un tiempo en el que los porteros no eran solamente los encargados de evitar los goles. Algunos llegaron a transformar para siempre la manera de defender una portería. Lev Ivanovich Yashin fue, probablemente, el más importante de todos ellos. La Araña Negra perfeccionó la técnica del guardameta hasta convertirla en un arte: sus reflejos, su colocación, sus salidas por alto, su capacidad para anticiparse a los delanteros y, sobre todo, su dominio del área marcaron una época y se convirtieron en referencia para generaciones de porteros posteriores.
Vestido casi siempre de negro, Yashin parecía ocupar toda la portería. No necesitaba jugar como un centrocampista ni convertirse en un líbero para revolucionar su posición. Su revolución estaba bajo los palos y unos metros alrededor de ellos. Salía con decisión, atacaba los centros, se lanzaba a los pies de los delanteros y tenía una capacidad extraordinaria para reaccionar ante disparos y situaciones que parecían imposibles. También fue un portero de enorme personalidad, capaz de ordenar a su defensa y asumir la responsabilidad cuando el partido se complicaba.
Por eso su nombre continúa apareciendo cuando se habla de los grandes especialistas de la historia de la portería. Antes de Buffon, Casillas, Neuer o cualquier otro gran guardameta del fútbol moderno, hubo un soviético que convirtió la posición en una ciencia mucho más sofisticada. Y detrás de aquella leyenda había una vida mucho más complicada de lo que puede imaginarse cuando solamente se miran sus trofeos.
Un niño marcado por la guerra
Lev Yashin nació en Moscú el 22 de octubre de 1929, en el seno de una familia de trabajadores. Su infancia estuvo muy lejos de la de las futuras estrellas del fútbol. Cuando tenía solamente seis años perdió a su madre, fallecida por tuberculosis, y pocos años después la guerra entró de lleno en su vida.
Con el comienzo de la invasión alemana de la Unión Soviética, la familia Yashin fue evacuada de Moscú hacia la región del Volga. Fueron años de hambre, miedo y dificultades. Cuando regresó a la capital, Lev tenía apenas trece años y comenzó a trabajar en la fábrica Krasny Bogatyr, donde también trabajaba su padre. Allí fabricaba piezas destinadas al esfuerzo bélico y compaginaba el trabajo con los estudios.
Aquella experiencia marcaría profundamente su carácter. El joven Yashin creció en unas condiciones extremadamente duras y llegó a sufrir problemas nerviosos y una fuerte depresión. El deporte fue una de las pocas vías de escape que encontró. Primero fue el hockey sobre hielo, donde comenzó a destacar como portero. Sus reflejos y su capacidad para reaccionar ante los disparos llamaron la atención de los entrenadores y acabaron llevándolo al fútbol.
Curiosamente, Yashin no quería ser portero. Como tantos niños, soñaba con marcar goles. Pero sus condiciones físicas y sus extraordinarias aptitudes bajo los palos terminaron decidiendo por él. El puesto que inicialmente parecía una imposición acabaría convirtiéndose en el lugar desde el que cambiaría la historia del fútbol.
Los años en los que nadie confiaba en él
En 1947 comenzó a jugar en la estructura deportiva del Dinamo de Moscú y dos años después dio el salto al fútbol del club. La oportunidad de llegar al primer equipo apareció pronto, pero sus primeras actuaciones fueron un desastre.
Su debut en un amistoso ante el Traktor Stalingrad difícilmente podía haber sido peor. En una de sus primeras intervenciones salió de su área para despejar un balón, chocó con un compañero y la jugada terminó de la peor manera posible. Poco después llegó su debut oficial, el 2 de julio de 1950, cuando tuvo que sustituir al lesionado Alexei Khomich ante el Spartak. El Dinamo ganaba 1-0, pero apenas tres minutos después Yashin volvió a cometer un error en una salida y el rival empató.
La situación terminó de complicarse en un partido ante el Dinamo Tbilisi. Yashin recibió cuatro goles en apenas diez minutos. El Dinamo ganó aquel encuentro por 5-4, pero para los entrenadores la paciencia se había terminado.
Yashin fue apartado del primer equipo.
Lo extraordinario es que no abandonó. Durante casi tres temporadas siguió jugando con el segundo equipo y volvió incluso al hockey sobre hielo. En 1953 ganó la Copa soviética de hockey con el Dinamo. Mientras esperaba una nueva oportunidad, continuó entrenando y perfeccionando todos aquellos aspectos de la portería que todavía tenía que mejorar.
También fue durante aquellos años cuando conoció a Valentina, que se convertiría en su esposa y en una de las personas fundamentales de su vida. Poco a poco, Yashin volvió a recuperar la confianza. Cuando regresó al primer equipo en 1953 ya era un portero diferente.
Había aprendido de sus errores.
La Araña Negra
A partir de entonces comenzó a construir su leyenda. Yashin tenía una presencia física imponente, medía alrededor de 1,90 metros y vestía habitualmente de negro. Su aspecto terminó dando origen al sobrenombre con el que sería conocido para siempre: la Araña Negra.
Pero el apodo tenía mucho más sentido cuando comenzaba el partido.
Yashin era extraordinario en los balones aéreos, dominaba su área y tenía una capacidad poco habitual para anticiparse a los delanteros. No esperaba siempre el disparo. Intentaba leer la jugada antes de que se produjera y salir a cortar el peligro. Sus reflejos eran excepcionales, pero también lo era su técnica. Sabía cuándo blocar un balón, cuándo despejarlo, cuándo salir de puños y cuándo lanzarse a los pies del atacante.
Además, tenía una personalidad enorme. Dirigía constantemente a sus defensas y no dudaba en asumir la responsabilidad de una jugada. Para Yashin, un portero no podía desaparecer durante el partido y limitarse a esperar que le dispararan. Tenía que estar concentrado en todo momento.
Su forma de entender la posición convirtió la portería en una especialidad mucho más completa y ayudó a establecer muchos de los fundamentos técnicos que todavía hoy se enseñan a los jóvenes guardametas.
Con el Dinamo de Moscú llegaron los títulos. Ganó cinco campeonatos de Liga soviética y tres Copas de la URSS, convirtiéndose en el gran referente del club. Pero su verdadera dimensión internacional llegaría con la selección.
El mejor portero de la Unión Soviética
En 1956 Yashin consiguió la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Cuatro años después formó parte de la selección soviética que conquistó la primera Eurocopa de la historia.
La final se disputó en París ante Yugoslavia, bajo una intensa lluvia, y terminó con victoria soviética por 2-1. Yashin había alcanzado la cima del fútbol europeo.
Su fama también había traspasado el Telón de Acero. Grandes clubes occidentales empezaron a interesarse por él y una de las historias más conocidas cuenta que Santiago Bernabéu llegó a ofrecerle un cheque en blanco para llevarlo al Real Madrid. Yashin habría rechazado la propuesta porque no quería abandonar el Dinamo de Moscú, el club al que permaneció ligado durante toda su carrera.
Con la selección disputó cuatro Mundiales, desde Suecia 1958 hasta México 1970. En Suecia empezó a convertirse en una estrella mundial, pero Chile 1962 fue probablemente el momento más difícil de su carrera.
La Unión Soviética fue eliminada por Chile en cuartos de final y Yashin fue señalado por la prensa soviética como uno de los principales responsables. Las críticas fueron durísimas y llegaron a poner en peligro su continuidad. Después de tantos años de éxitos, el portero se convirtió de repente en el culpable de una derrota nacional.
Pero Yashin no había llegado hasta allí para rendirse.
El Balón de Oro
La respuesta llegó un año después.
En 1963, Lev Yashin ganó el Balón de Oro de France Football. Hasta hoy sigue siendo el único portero que ha conseguido el premio, un reconocimiento extraordinario en una época en la que los grandes galardones individuales estaban dominados por delanteros y centrocampistas.
Aquel mismo año fue invitado a disputar en Wembley un partido conmemorativo por el centenario de la Federación Inglesa. Compartió vestuario con algunos de los mejores jugadores del mundo y formó parte de un combinado internacional que se enfrentó a Inglaterra.
Yashin había pasado de ser el hombre señalado por una derrota a convertirse, otra vez, en el mejor portero del planeta.
Todavía tendría tiempo para protagonizar otro gran Mundial. En Inglaterra 1966, con 36 años, llevó a la Unión Soviética hasta las semifinales, terminando finalmente en cuarta posición. Volvió a ser incluido entre los mejores porteros del torneo.
Continuó jugando hasta 1970 y se retiró al año siguiente, después de más de dos décadas defendiendo la portería del Dinamo de Moscú y de la selección soviética.
El último partido
El 27 de mayo de 1971, el estadio Luzhnikí se llenó para despedir a Yashin. Frente al Dinamo apareció una selección mundial con figuras como Eusébio, Bobby Charlton y Gerd Müller.
Al terminar el encuentro, Yashin se quitó los guantes y se los entregó al uruguayo Ladislao Mazurkiewicz, considerado entonces uno de los grandes porteros del mundo. La tradición cuenta que le dijo: “Tú serás mi sucesor”.
Después miró hacia las gradas. Tenía 41 años y había llegado el momento de abandonar definitivamente la portería.
Solamente pudo decir unas palabras:
“Gracias, público”.
Era el final de una carrera irrepetible.
Yashin continuó vinculado al Dinamo después de su retirada, pero sus últimos años estuvieron marcados por graves problemas de salud. En 1986 sufrió una tromboflebitis que acabó provocando la amputación de una pierna. Cuatro años después, el 20 de marzo de 1990, murió de cáncer de estómago. Tenía 60 años.
La Unión Soviética le despidió con honores de Estado.
Una leyenda bajo los palos
El legado de Yashin ha sobrevivido mucho más allá de su muerte. Su nombre está presente en el estadio del Dinamo de Moscú, en monumentos, calles, libros, películas y homenajes repartidos por todo el mundo. France Football bautizó con su nombre el premio que distingue al mejor portero de cada temporada.
Pero su verdadera herencia está en las porterías. Durante décadas, los entrenadores han utilizado su figura como referencia para explicar cómo debe moverse un guardameta, cómo dominar el área, cómo atacar un centro, cómo anticiparse a un delantero y cómo asumir la responsabilidad de ser el último hombre.
Hoy hemos visto cientos de grandes porteros y cada generación ha tenido sus propios referentes. Pero todos ellos llegaron después de Yashin.
La Araña Negra no inventó el puesto de portero, pero ayudó a convertirlo en una disciplina mucho más completa. Su técnica, sus reflejos, sus salidas y su dominio del área marcaron una frontera entre el guardameta de antes y el que vendría después.
Por eso, cuando se habla del mejor portero de la historia, su nombre aparece siempre.
Y quizá no sea solamente porque ganó un Balón de Oro, cinco Ligas soviéticas, tres Copas, un oro olímpico y una Eurocopa.
Es porque, durante más de veinte años, cuando un delantero veía aquella figura vestida de negro bajo los palos, sabía que para marcar tendría que hacer algo extraordinario.
La portería era de Yashin.
Y durante mucho tiempo, pareció que nadie podría quitársela.