Hay estadios que se construyeron para albergar partidos de fútbol y hay otros que, con el paso del tiempo, acabaron convirtiéndose en parte de la historia del propio fútbol. Anfield pertenece a esa segunda categoría. Lleva más de un siglo en el mismo lugar, ha cambiado de forma varias veces y ha visto pasar generaciones enteras de futbolistas y aficionados, pero conserva algo que no se puede comprar ni construir de nuevo: memoria.
Y lo curioso es que, cuando nació Anfield como estadio de fútbol, el Liverpool Football Club todavía no existía. La historia comienza con el Everton.
En 1884, John Houlding, empresario, cervecero y presidente del Everton, consiguió que el club se trasladara a unos terrenos situados en Anfield Road. Everton necesitaba un campo estable y Houlding tenía la solución. El club empezó a crecer allí hasta convertirse en uno de los equipos importantes de Inglaterra y en 1891 ganó el campeonato de Primera División jugando en Anfield.
Pero mientras el Everton crecía sobre el césped, la relación entre Houlding y algunos miembros del comité se deterioraba fuera de él. El precio del alquiler del terreno fue uno de los motivos de la disputa, aunque había otros desacuerdos sobre la gestión del club.
El 15 de marzo de 1892 llegó la ruptura. Everton abandonó Anfield y se marchó al otro lado de Stanley Park, a unos terrenos que acabarían convirtiéndose en Goodison Park. Houlding se quedó con un estadio, pero había perdido al equipo. La solución fue crear otro.
El 3 de junio de 1892 nació oficialmente Liverpool Football Club. Tres meses después, el nuevo equipo disputó su primer partido en Anfield. Fue un amistoso contra Rotherham Town y terminó 7-1 para los locales. Así empezó todo.
Y hay algo casi poético en la historia: si el Everton no hubiera abandonado Anfield, probablemente el Liverpool no existiría tal y como lo conocemos. El nacimiento de uno de los grandes clubes de la historia del fútbol fue consecuencia directa de una ruptura entre el otro gran club de la ciudad y el hombre que controlaba el estadio.
Desde entonces, Liverpool y Everton quedaron separados por Stanley Park, pero unidos para siempre por una historia que empezó en el mismo lugar.
El Kop
Durante los primeros años, Anfield era un campo bastante parecido a cualquier otro estadio británico de la época. Tierra, madera, pequeñas tribunas y grandes zonas destinadas a los espectadores que permanecían de pie.
En 1906 apareció una nueva grada en uno de los fondos. Era enorme y tenía una pendiente considerable. Su nombre acabaría siendo Spion Kop, en recuerdo de una colina sudafricana donde tuvo lugar una batalla durante la Guerra de los Bóers en 1900. Muchos de los soldados británicos muertos en aquella batalla procedían de Liverpool.
El nombre se quedó. Con el tiempo, Kop acabaría utilizándose en otros estadios británicos para referirse a las grandes gradas detrás de una portería, pero ninguna llegaría a tener la importancia del Kop de Anfield.
Durante décadas fue una inmensa masa de aficionados de pie. Miles y miles de personas apretadas detrás de una portería, cantando, saltando y empujando al equipo. En los grandes partidos parecía que el Kop se movía. En la temporada 1976-77, por ejemplo, se llegó a hablar de hasta 30.000 aficionados en aquella grada durante el partido de Copa de Europa contra Saint-Étienne. Treinta mil personas en una sola grada. El fútbol todavía era otra cosa. Y Anfield también.
Shankly
En 1959 llegó Bill Shankly. Liverpool estaba en Segunda División y el club necesitaba cambiar prácticamente todo. Shankly empezó por el equipo, pero acabó transformando la relación entre el club, la ciudad y Anfield. Para él, el fútbol no terminaba cuando los jugadores abandonaban el terreno de juego. Los aficionados formaban parte del equipo y el estadio tenía que convertirse en una ventaja.
Durante los años siguientes Liverpool volvió a Primera División, ganó campeonatos, conquistó copas y empezó a convertirse en una potencia del fútbol inglés. Pero Shankly dejó algo más importante que una colección de títulos: una manera de entender el club.
Y también tenía muy claro que, antes de convertir al Liverpool en un gigante de Inglaterra, había que cambiar el equilibrio de poder en su propia ciudad.
Cuando Shankly llegó, Everton era el gran equipo de Liverpool. Los Blues estaban establecidos como el número uno de la ciudad y el nuevo entrenador del Liverpool no estaba dispuesto a aceptar aquella situación durante mucho tiempo. En 1964, apenas dos años después de devolver a los Reds a Primera, Liverpool ganó la liga y obligó al Everton, vigente campeón, a entregar el trofeo. El relevo había comenzado.
Shankly no necesitaba demasiados argumentos para alimentar aquella rivalidad. Su sentido del humor era directamente proporcional a su confianza. Cuando le preguntaban por el Everton, podía responder que si estuvieran jugando en el jardín de su casa, correría las cortinas. Y después de conquistar el campeonato de 1964 dejó otra de sus frases más famosas: «En Liverpool solo hay dos equipos: Liverpool y las reservas del Liverpool».
Era una exageración, por supuesto.
Pero Shankly entendía perfectamente el poder de las palabras. Quería que sus jugadores pensaran que eran mejores. Quería que los aficionados pensaran que eran mejores. Quería que Liverpool pensara que era mejor. Y entonces hizo algo que parece una simple cuestión de vestuario, pero que terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles del club. Puso al Liverpool completamente de rojo.
Hasta entonces, el equipo vestía camiseta roja con pantalón y medias blancos. El 25 de noviembre de 1964, antes del partido de Copa de Europa contra el Anderlecht, Shankly decidió eliminar el blanco. Rojo de arriba abajo. La razón era puramente psicológica: quería que sus jugadores parecieran más grandes e intimidantes.
Ian St John recordaría que Shankly le enseñó a Ron Yeats los nuevos pantalones rojos y le dijo que se los probara. Cuando Yeats salió al campo, Shankly lo miró y soltó una de esas frases que acabarían formando parte de la leyenda: parecía medir siete pies de altura, era aterrador.
Shankly resumiría después su idea de una manera todavía más sencilla: «Rojo para peligro, rojo para poder».
Aquella noche Liverpool ganó al Anderlecht por 3-0.
El cambio definitivo llegó unas semanas después, cuando también se incorporaron las medias rojas. Desde entonces, el Liverpool empezó a vestir completamente de rojo.
Shankly había conseguido algo más que una nueva equipación. Había creado una imagen: Los Reds.
La habitación de las botas
En las entrañas de la antigua Main Stand había una pequeña habitación. Su nombre era bastante poco glamuroso: Boot Room. La habitación de las botas.
Al principio, literalmente, era eso. Un lugar donde se guardaban las botas de los futbolistas. Pero acabó convirtiéndose en uno de los lugares más importantes de la historia del fútbol inglés.
Joe Fagan fue uno de sus grandes impulsores y allí se reunían los miembros del cuerpo técnico del Liverpool. Bob Paisley, Ronnie Moran, Roy Evans, Tom Saunders y otros hombres que terminarían formando una auténtica escuela de entrenadores hablaban de partidos, jugadores, entrenamientos y fichajes.
El Boot Room se convirtió en una especie de laboratorio del Liverpool.
Shankly había construido los cimientos. Paisley continuó el trabajo. Después llegó Fagan. Más tarde, otros entrenadores formados dentro de aquella estructura.
El conocimiento iba pasando de uno a otro.
Y todo aquello sucedía dentro de Anfield, en una pequeña habitación que había empezado siendo un simple almacén de botas.
La historia del Liverpool durante las décadas siguientes se entiende mucho mejor cuando se entiende aquella habitación. El club no se limitaba a contratar entrenadores: creaba entrenadores. Había una forma de trabajar, una manera de entrenar y una filosofía que pasaba de generación en generación.
Anfield no era solamente el lugar donde jugaba el equipo. Era también el lugar donde se construía.
You'll Never Walk Alone
Y entonces apareció una canción.
No había sido escrita para el Liverpool. Ni siquiera había sido escrita para el fútbol.
En 1945, Richard Rodgers y Oscar Hammerstein compusieron You'll Never Walk Alone para el musical Carousel. La canción hablaba de atravesar los malos momentos manteniendo la esperanza.
Casi veinte años después llegó a Liverpool.
Gerry and the Pacemakers eran una banda de la ciudad y en 1963 grabaron su propia versión. El grupo ya tenía una enorme popularidad y aquella canción llegó al número uno de las listas británicas.
Pero lo que ocurrió en Anfield fue algo distinto.
En aquella época era habitual que por la megafonía de los estadios sonaran las canciones que estaban triunfando en las listas. You'll Never Walk Alone comenzó a escucharse en Anfield y los aficionados empezaron a cantarla. El Kop hizo el resto. La canción dejó de ser simplemente una canción de Gerry and the Pacemakers. Pasó a ser la canción del Liverpool.
Hay un detalle que resulta especialmente revelador. Cuando You'll Never Walk Alone dejó de estar entre las canciones más populares, dejó de sonar por la megafonía de Anfield. Pero los aficionados siguieron cantándola y protestaron porque querían escucharla. Ya no necesitaban que nadie se la pusiera. Era suya.
Desde entonces quedó unida para siempre al Liverpool.
Gerry Marsden, cantante de los Pacemakers y seguidor del club durante toda su vida, acabaría viendo cómo una canción que había grabado para triunfar en las listas se convertía en uno de los himnos más reconocibles del deporte.
Y quizá ahí está la verdadera historia de You'll Never Walk Alone: no fue el club quien decidió convertirla en himno. Fueron los aficionados quienes la adoptaron.
Hoy, antes de cada partido, miles de personas levantan las bufandas y la cantan mientras las banderas ondean alrededor del estadio. La canción se ha convertido en una especie de ritual que precede al fútbol. No importa cuántas veces se haya escuchado. Cuando empieza a sonar en Anfield, sigue teniendo algo especial.
Y hay algo todavía más curioso: Liverpool no es el único club que la canta. Borussia Dortmund también la convirtió en una parte fundamental de su identidad. La afición del Celtic FC también la canta antes de los grandes partidos de su equipo. Pero la historia que la llevó al fútbol moderno comenzó aquí, en el Kop.
La noche de Saint-Étienne
Si existe una noche capaz de explicar lo que era Anfield antes de convertirse en el estadio global que conocemos hoy, probablemente sea la del 16 de marzo de 1977.
Liverpool había perdido 1-0 contra Saint-Étienne en Francia y necesitaba remontar en Anfield para alcanzar las semifinales de la Copa de Europa.
Aquella noche el estadio estaba lleno. Liverpool marcó, Saint-Étienne volvió a poner la eliminatoria cuesta arriba y, cuando parecía que el partido se encaminaba hacia un desenlace decepcionante, apareció David Fairclough.
Fairclough había empezado el partido en el banquillo. Era el suplente habitual que entraba cuando el partido necesitaba algo diferente. Por eso acabaría siendo conocido como Super Sub.
Entró al campo y marcó. 3-1. Liverpool estaba clasificado. Anfield se volvió completamente loco. Aquella noche ayudó a crear una de las grandes leyendas del estadio: la idea de que en Anfield un partido nunca está perdido mientras quede tiempo en el reloj.
Y aquella misma generación acabaría levantando la Copa de Europa en Roma apenas unos meses después.
This Is Anfield
En el túnel que conduce al terreno de juego hay una placa. Tres palabras.
THIS IS ANFIELD.
La colocó Bill Shankly y tenía una finalidad muy concreta. Quería recordar a sus jugadores qué camiseta defendían y a los rivales contra quién estaban jugando.
La placa terminó convirtiéndose en uno de los objetos más reconocibles del estadio. Los jugadores pasan por debajo. Algunos la tocan. Durante años se convirtió en una especie de ritual. Después sales al campo. Y ya no estás simplemente jugando un partido. Estás jugando en Anfield.
El estadio que cambió
Anfield ha cambiado muchísimo desde aquel primer partido de 1892. Han desaparecido las viejas estructuras de madera, se han construido nuevas tribunas, el estadio ha aumentado su capacidad y el fútbol ha cambiado completamente.
Y también desapareció el viejo Kop.
El 30 de abril de 1994 se disputó el último partido frente a aquella grada de pie. Después fue demolida y reconstruida como una grada moderna con asientos. Para muchos aficionados fue como despedirse de una parte de la identidad del estadio. Pero el nuevo Kop mantuvo el nombre. Y, sobre todo, mantuvo la voz.
Hoy sigue siendo una de las grandes tribunas del fútbol mundial. Banderas, bufandas, canciones y miles de aficionados continúan haciendo exactamente aquello que se hacía décadas atrás: intentar empujar al Liverpool un poco más lejos.
El Kop cambió de forma. Pero no de personalidad.
Un estadio lleno de historias
Hay otras historias pequeñas que forman parte de Anfield.
Está el Sandon, el pub situado cerca del estadio y estrechamente relacionado con los primeros años de la historia del Liverpool. John Houlding estuvo vinculado al lugar y allí se celebraron reuniones relacionadas con el club. El edificio incluso llegó a ser utilizado como vestuario en los primeros años, cuando las instalaciones de Anfield todavía eran muy diferentes de las actuales.
Está también la relación con Stanley Park. Durante muchos años, Everton y Liverpool fueron prácticamente vecinos. Dos estadios separados por un parque y dos clubes nacidos de una misma historia.
Es difícil encontrar otra gran rivalidad futbolística que tenga un origen tan extraño. Uno de los clubes se marchó. El otro nació. Y los dos acabaron convirtiéndose en instituciones de la misma ciudad.
Luego están los nombres:
Shankly.
Paisley.
Dalglish.
Rush.
Fowler.
Gerrard.
Y tantos otros.
Jugadores que no solamente jugaron en Anfield, sino que acabaron formando parte de su memoria.
Porque esa es probablemente la característica más especial del estadio. Anfield acumula historias. Cada generación añade una. Cada gran partido deja otra. Cada canción suma otra.
Y Anfield sigue ahí
El fútbol moderno ha cambiado casi todo lo que rodea al juego. Los estadios son más grandes, los jugadores son estrellas globales, las retransmisiones llegan a cualquier rincón del planeta y un partido puede verse desde cualquier lugar.
Anfield, sin embargo, continúa siendo reconocible. Está en el mismo sitio. El Kop sigue detrás de una portería. La placa sigue en el túnel. Las bufandas siguen levantándose.
Y antes de cada partido, cuando empiezan a sonar los primeros compases de You'll Never Walk Alone, miles de personas vuelven a hacer algo que empezó hace más de sesenta años: cantar juntas.
Quizá por eso Anfield no necesita ser el estadio más grande, ni el más moderno, ni el más espectacular. Su grandeza está en otra parte.
En haber visto nacer un club.
En haber sido la casa de Shankly y Paisley.
En haber escuchado al viejo Kop.
En haber presenciado algunas de las grandes noches europeas de la historia del fútbol.
En haber convertido una canción de un musical de Broadway en uno de los himnos más reconocibles del deporte.
En haber acumulado más de un siglo de recuerdos en las mismas calles.
Cuando los jugadores atraviesan el túnel y pasan bajo la placa, hay una frase que resume todo lo que les espera.
This is Anfield.
Y entonces empieza a sonar la canción.
You'll Never Walk Alone.
Y durante unos minutos, antes de que empiece el fútbol, el estadio recuerda quién es.