Igor Belanov nació en Odesa el 25 de septiembre de 1960, cuando la ciudad formaba parte de la República Socialista Soviética de Ucrania. Creció en una Unión Soviética que todavía parecía destinada a durar para siempre y en una época en la que el fútbol tenía una importancia que iba mucho más allá de los noventa minutos. Las grandes victorias deportivas servían también como escaparate internacional de un país que competía con Occidente en todos los terrenos posibles. Belanov, con aquella mítica camiseta de CCCP, acabaría siendo uno de los rostros de su generación, aunque probablemente nadie en aquella Odesa de su infancia podía imaginar hasta dónde llegaría aquel muchacho de velocidad extraordinaria.
Comenzó a jugar en su ciudad y pasó por el SKA Odesa y el Chernomorets antes de llegar al Dinamo de Kiev en 1985. Allí se encontró con Valeriy Lobanovskyi, una de las figuras fundamentales para entender el fútbol de aquella época. Lobanovskyi no concebía el juego como una sucesión de improvisaciones. Quería medirlo, analizarlo y convertirlo en un sistema en el que cada movimiento tuviera un sentido. El Dinamo trabajaba con especialistas, estudiaba el rendimiento físico y utilizaba datos mucho antes de que la analítica se convirtiera en una herramienta habitual del fútbol profesional.
Belanov encajaba perfectamente en aquella idea. Medía solamente 1,74 metros, pero tenía una potencia física extraordinaria, una velocidad descomunal y un disparo seco que podía cambiar un partido en una décima de segundo. Lobanovskyi encontró en él el atacante perfecto para un equipo que quería jugar a toda velocidad. Belanov podía recibir lejos del área, arrancar, aparecer por sorpresa y llegar a la portería antes de que la defensa hubiera tenido tiempo de reorganizarse. En aquellos años empezó a ganarse el sobrenombre de el Cohete, un apodo que terminaría acompañándole para siempre.
El Dinamo de Kiev de mediados de los ochenta era una auténtica máquina. Belanov compartía vestuario con Oleg Blokhin, Aleksandr Zavarov, Vasyl Rats, Pavel Yakovenko e Ivan Yaremchuk, entre otros. En 1985 y 1986 conquistó el campeonato soviético y en mayo de 1986 llegó uno de los grandes momentos de aquella generación: la final de la Recopa de Europa en Lyon contra el Atlético de Madrid. El Dinamo ganó 3-0 y confirmó ante el fútbol occidental que aquella escuela soviética podía competir con cualquiera. Belanov no marcó en la final, pero había sido una pieza fundamental durante todo el torneo. El Dinamo terminó aquella Recopa con 26 goles en nueve partidos.
Luis Aragonés, entrenador del Atlético de Madrid afirmó años después haber quedado impresionado después de ver un entrenamiento del Dynamo de Kiev:
“Aquel partido contra el Dinamo medio lo perdí yo. Me obsesioné demasiado con el rival. Eran tan buenos que me acojoné y transmití esa sensación al equipo. Salimos cagados, con muchos marcajes, no fuimos nosotros y la culpa en ese caso es siempre del entrenador”.
Aquel equipo prácticamente alimentaba a la selección soviética. Y unos meses después de la final de Lyon, buena parte de aquellos futbolistas se presentó en México para disputar el Mundial de 1986. La Unión Soviética comenzó goleando 6-0 a Hungría y terminó la fase de grupos como primera de su grupo. El equipo de Lobanovskyi trasladado a la selección tenía velocidad, presión, preparación física y una enorme capacidad para atacar los espacios. Belanov era su principal amenaza ofensiva.
Entonces llegó Bélgica.
El 15 de junio de 1986, en León, se disputó uno de aquellos partidos que permanecen en la memoria incluso cuando han pasado décadas. Belanov abrió el marcador en el minuto 27. Bélgica empató antes del descanso. En la segunda parte volvió a marcar el soviético, pero los belgas volvieron a igualar. La prórroga convirtió el encuentro en una locura: Bélgica se puso 3-2 y Belanov empató de penalti para completar su hat-trick. Cuando parecía que la Unión Soviética podía sobrevivir, Nico Claesen marcó el 4-3 en el minuto 110. Bélgica pasó a cuartos y Belanov se marchó del Mundial con cuatro goles en cuatro partidos.
Aquel encuentro dejó además una de las imágenes más reconocibles de su carrera. Belanov recibió lejos de la portería, avanzó y soltó un disparo violentísimo que terminó dentro de la portería de Jean-Marie Pfaff. Era un gol que resumía perfectamente al futbolista: velocidad, potencia y una confianza absoluta en su golpeo. El problema es que aquella tarde su equipo hizo tres goles y perdió. El Cohete había ofrecido uno de los grandes partidos individuales de aquel Mundial y se marchaba eliminado.
Pero 1986 todavía tenía reservado otro premio.
A finales de aquel año, France Football eligió a Igor Belanov como Balón de Oro. Recibió 84 votos, por delante de Gary Lineker, segundo con 62, y Emilio Butragueño, tercero con 59. Era el segundo jugador del Dinamo de Kiev en conseguirlo después de Oleg Blokhin, que había ganado el premio en 1975.
Para comprender lo extraordinario de aquello hay que recordar el contexto. El Balón de Oro reconocía al mejor futbolista europeo de la temporada y, durante años, había estado dominado por jugadores de las grandes ligas occidentales. Belanov jugaba en Kiev, detrás de un telón político y económico que hacía mucho más difícil el contacto de aquellos futbolistas con el resto del fútbol europeo. Su premio era también el reconocimiento a una escuela futbolística que llevaba años desarrollándose al margen de los grandes focos.
El momento de Belanov, sin embargo, sería relativamente breve. En 1988 la selección soviética alcanzó la final de la Eurocopa de Alemania Federal. Aquel equipo volvió a desplegar el fútbol de Lobanovskyi y llegó hasta el último partido, donde esperaba Holanda. Gullit y Van Basten terminaron imponiéndose 2-0 y Belanov se quedó con la medalla de plata. En aquella final tuvo además una ocasión que pudo cambiar la historia: dispuso de un penalti, pero Van Breukelen le adivinó la intención. La selección soviética se quedó a un paso de un título que nunca llegaría a conquistar.
Un año después, Belanov pudo hacer algo que durante mucho tiempo había sido extraordinario para los futbolistas soviéticos: marcharse a jugar a Occidente. En 1989 fichó por el Borussia Mönchengladbach. La aventura alemana, sin embargo, no se pareció en nada a sus años de gloria en Kiev. Disputó 24 partidos de Bundesliga y marcó solamente cuatro goles. Después pasó por el Eintracht Braunschweig, en Segunda División.
Fue uno de esos casos en los que un futbolista parece pertenecer inseparablemente al contexto que lo convirtió en estrella. En Kiev, bajo Lobanovskyi y rodeado de jugadores que entendían perfectamente aquel fútbol, Belanov parecía imparable. Fuera de aquel ecosistema nunca volvió a alcanzar el mismo nivel.
Mientras tanto, el mundo que había conocido estaba desapareciendo. Gorbachov había iniciado la perestroika y la glasnost, el sistema soviético se encontraba en plena transformación y las antiguas estructuras deportivas también empezaban a cambiar. Belanov terminó regresando a casa y continuó su carrera en el Chernomorets y el Metalurh Mariúpol hasta retirarse en 1997. Había jugado 33 partidos con la selección soviética, marcado ocho goles, ganado dos ligas soviéticas, varias Copas de la URSS, una Recopa y un Balón de Oro.
Pero su historia no terminó con su retirada.
En febrero de 2022, cuando comenzó la invasión rusa de Ucrania, Belanov tenía 61 años y estaba en Odesa. Decidió incorporarse junto a su hijo Valery al dispositivo de defensa territorial de la ciudad. En una entrevista concedida en 2023 explicó que no era militar y que se había unido a la defensa municipal porque existía preocupación por un posible ataque sobre Odesa. También contó que tomó las armas junto a su hijo.
La imagen resulta difícil de separar de la de aquel futbolista que cuatro décadas antes corría por los estadios europeos con la camiseta roja de la Unión Soviética. El hombre que había representado a un Estado desaparecido estaba ahora defendiendo la ciudad en la que había nacido, esta vez como ciudadano de una Ucrania independiente. No hace falta convertirlo en una metáfora grandilocuente: simplemente son dos momentos de una misma vida atravesados por una historia que cambió mucho más rápido de lo que nadie podía imaginar cuando Belanov ganó aquel Balón de Oro.
Quizá por eso la mejor manera de recordar a Belanov sea volver a México.
A aquel 15 de junio de 1986 en León.
A la camiseta de CCCP, al estadio lleno y a un delantero que parecía correr siempre un segundo por delante de los demás. Tres goles contra Bélgica no fueron suficientes para evitar la eliminación (cosas del fútbol), pero aquel partido dejó para siempre la imagen del Cohete soviético en su máxima expresión.
Belanov ganó el Balón de Oro aquel mismo año, antes lo había hecho Blokhin, más tarde lo haría un tal Shevchenko, tres ucranianos de oro. Belanov fue campeón de la Recopa con el Dinamo, subcampeón de Europa con la selección soviética y uno de los futbolistas más explosivos de su generación.
Y décadas después, en otra guerra y en otra realidad política, aquel hombre que había nacido en la Odesa soviética volvió a ponerse al servicio de su ciudad.
Igor Belanov. El Cohete. Un Balón de Oro entre dos épocas.