La Bulgaria de 1994

La Bulgaria de 1994

Una selección canalla

Bulgaria era, en la década de los 90, un equipo de juego anárquico, un magnífico combinado de futbolistas creativos y atrevidos que salían a morder y a darlo todo desde el minuto uno hasta el noventa. Unos luchadores de aspecto canalla que dieron la campanada en el último partido de clasificación y dejaron a Francia sin Mundial cuando los Bleus ya estaban comprando los billetes de avión para viajar a Estados Unidos. La victoria por 1-2 de los búlgaros en el Parque de los Príncipes fue toda una hazaña. La Francia de Papin, Cantona, Ginola y compañía se quedaba fuera de la gran cita.

Viajó Bulgaria a Estados Unidos y el grupo ya sorprendió en el hotel de concentración antes incluso de disputar su primer partido. Allí se podía ver a Hristo Stoichkov y su banda bebiendo tercios de cerveza, rodeados de sus novias y mujeres, fumando cigarrillos, jugando a las cartas sin camiseta y luciendo gruesas cadenas de plata. Así era aquella selección búlgara, sin complejos.

Pero mal encaminados iban quienes pensaban que aquello eran Hristo y sus cuatro colegas del pueblo. La portería estaba bien defendida por un veterano llamado Borislav Mihaylov, que ya había disputado con su selección el Mundial de 1986 y que, entre el torneo de México y el de Estados Unidos, había sufrido una dramática alopecia que lo dejó completamente calvo.

Preocupado por su imagen, Mihaylov jugó todo el campeonato con peluca. Y con riesgo, porque si en alguna estirada el peluquín se le hubiese desprendido, el nombre y la imagen del guardameta habrían dado mucho que hablar.

No estaba tan preocupado por su aspecto el defensa Trifon Ivanov, un zaguero de brega y pundonor que lucía unas impresionantes patillas y una apariencia casi licántropa. En la medular destacaba el derroche físico de Iordan Letchkov, un futbolista con poco pelo y mucho talento, siempre bien respaldado por el incombustible Krasimir Balakov, dueño además de un toque de balón exquisito.

Arriba había mucho veneno, pese a no poder contar con Lubo Penev por lesión. Sí estaban Hristo Stoichkov y Emil Kostadinov, dos serpientes que disfrutaban mordiendo, dos goleadores natos que llegaban al Mundial en un estado de forma espectacular.

El primer partido lo perdieron por 3-0 ante las Águilas Verdes de Nigeria y todo hacía pensar que aquellos pobres canallas volverían pronto a casa. Pero en los dos siguientes encuentros de la fase de grupos los búlgaros arrollaron: 4-0 a Grecia y 2-0 a Argentina. Pasaron de ronda dejando la imagen de un equipo temible.

En octavos les tocó enfrentarse a México, un conjunto duro y con talento que destacaba por los uniformes multicolores de su portero Jorge Campos y por la eficacia goleadora de Luis García.

Al poco de comenzar el encuentro, una cabalgada de Hristo Stoichkov terminó con una magistral definición del delantero. Una auténtica stoichkovada. Pero un penalti bastante riguroso permitió a México empatar pocos minutos después. El marcador ya no se movió y la eliminatoria tuvo que decidirse desde los once metros.

Allí a Mihaylov no le tembló la peluca. Detuvo dos lanzamientos y clasificó a Bulgaria para la siguiente ronda.

En cuartos esperaba Alemania, vigente campeona del mundo y subcampeona de Europa. Un bloque potentísimo que mantenía la base del equipo campeón en Italia 90, con Illgner, Kohler, Matthäus, Klinsmann y Völler. Parecía un conjunto invencible.

Además, cuando Lothar Matthäus adelantó a los germanos de penalti al inicio de la segunda mitad, todo parecía sentenciado. Pero aquellos búlgaros sacaban espíritu y fuerzas cuando menos te lo esperabas. Primero Hristo Stoichkov, con un magistral lanzamiento de falta, y después Iordan Letchkov, con un cabezazo inolvidable, dieron la vuelta al marcador y clasificaron a Bulgaria para las semifinales.

En semifinales esperaba Italia, que venía de eliminar a España con un Roberto Baggio excelso. El delantero italiano marcó en el minuto veinte tras una gran jugada individual y, apenas cinco minutos después, culminó de forma magistral un pase de Albertini para volver a batir a Mihaylov.

Esta vez Bulgaria no pudo sobreponerse. Acortó distancias gracias a un penalti transformado por Stoichkov, pero la aventura mundialista terminaba ahí. Bueno, no exactamente: aún quedaba el partido por el tercer puesto ante Suecia. Sin embargo, aquel día los búlgaros parecían haber agotado toda su energía.

Una selección que sorprendió al mundo y un grupo al que su entrenador, Dimitar Penev, concedía una libertad absoluta para hacer lo que les viniera en gana. Una selección irrepetible. Una selección inolvidable.



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